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sábado, 9 de enero de 2010

Epifanio o la Epifanía



14 de mayo, de 31.153.954, Año del Dragón

Esta es una historia que cuenta cómo el maldito arte puede estar escondido hasta en las almas de los piratas más temibles, esperando revelarse y fastidiarle a uno la organización del barco.
Resulta que un día, que había amanecido sin pena ni Gloria (la muchacha me abandonó sin decir por qué, dejándome completamente consternado) se reveló la veta artística del vigía.
En realidad este era uno de mis marineros menos capacitados, lo había encontrado en un puerto cuando era apenas un rapazuelo de unos once años, huérfano de padre y madre (según me enteré más tarde, su padre era un pirata descarriado, que había abandonado a la mujer por perseguir un sueño; su madre había desaparecido hacía ya mucho tiempo, luego de partir en un viaje al Caribe). Como iba diciendo, encontré al joven y me recordó a alguien, por lo que le ofrecí una educación para que algún día pudiera llegar a ser tan pulido como yo a cambio de sus servicios en Altamar, el mástil de mi galeón.
El chico aceptó y así nos embarcamos al día siguiente, sin haber tenido tiempo de hablar con su abuela enferma, a la que el chico debía cuidar y llevar comida y abrigo, pero yo pensé: “Qué más da que la vieja estire la pata, al fin y al cabo, si el pibe se va conmigo no le va a quedar nada en este mundo, por lo que no hace falta que siga estorbando, mejor se toma el buque y cruza al otro lado de una buena vez”. Esto me pareció bastante lógico, y claro, a Epifanio no parecía molestarle demasiado la idea de dejar de trabajar todos los días limpiando arenques en el puerto. Si más, levamos anclas al día siguiente y nos dispusimos a seguir siendo El Terror de los Mares, el Terrooooor.
En fin, este era pues, Epifanio, mi vigía. El día que nos compete, el muchacho contaba ya con veinte primaveras, una poblada barba, un brazo de menos y un ojo desviado, por lo que siempre debía ponerse de perfil cuando quería divisar las costas a las que nos aproximábamos, lo que le otorgaba un lucrativo aire de moneda antigua. Ese día, mientras yo pensaba en alguien para reemplazar a Gloria, una melodía comenzó a filtrarse en mi camarote y en mi cabeza. Confundido al principio, pensé que sólo sería el soundtrack de mis pensamientos, ya que, acorde con mi estado de ánimo, la sinfonía sonaba desesperada, solitaria y melancólica, con un toque de sobria ebriedad en los bemoles. Prestando un poco más de atención, debí aceptar que mi mente no era capaz de componer esa sublime banda sonora, por lo que me decidí a investigar si había nuevas integrantes en el coro de las sirenas. Salí pues de mi camarote y tomé el ascensor a cubierta.
Guiado por el sonido, dirigí mis pasos hacia la sala de estar, dónde me encontré con Epifanio que, fuera de sí golpeaba la cómoda de la esquina. Era una linda cómoda, producto del embargo que le había hecho a Gloria, sobre la cual, la cocinera había puesto una primorosa carpetita tejida a croché y un florero con girasoles de terciopelo y papel crepè. Esta cómoda era también el lugar donde el gato encargado de cazar las ratas de la bodega hacía sus siestas, todo lo cual conformaba un lindo cuadro.
Volviendo a la sala de estar: Epifanio aporreaba el mueble con el rostro transformado por una sublime expresión de dicha. Mudo del asombro, escuché. La música fue penetrando en mi cabeza, en mi corazón, en mi alma, hasta llenar todo mi ser de un no sé qué que me rebasó. Ya no recordaba a Gloria, ni a tantas otras que la habían precedido, sólo podía ver pasar diferentes imágenes según cambiaba el tono de la melodía. Imágenes que creía olvidadas, y, desde una de ellas Carabella me sonrió.
De repente volví al barco, a la sala de estar y a Epifanio, quien había terminado de ejecutar algo que nunca había escuchado, imbuido en los sones de la cumbia y el cuarteto como últimamente me encuentro. Algo tan sublime, tan mágico, que, por un breve instante y por toda una eternidad, me tocó y quedó grabado en mí. Nada más sublime que la belleza de la música que salía de esa cómoda, -Epifanio me explicó más tarde que era un piano; esto lo sabía por un trabajador del último puerto donde recalamos, que tenía un mueble similar en su casa, único legado de antecesores más prósperos, y quién le enseñó a tocarlo y le regaló unas partituras.
Desde ese entonces, el piano dejó de ser sólo un lugar para que la cocinera pudiera practicar sus dotes de decoración, el gato tuvo que resignarse a dormir en la bodega y Epifanio dejó el mástil para convertirse en el músico de las largas tertulias saturadas de humo, sudor y olor a tabaco de los partidos de bridge. Mientras los marineros hacían sus apuestas, intercambiando fichas roñosas y cartas marcadas, mientras los insultos y la bronca de los perdedores y los aullidos de alegría y burlas de los vencedores colmaban el ambiente, un fauno dormía la siesta en algún mágico lugar poblado de ninfas y flores. Epifanio pasó a ser así el artista de la tripulación y a estar a mi completo servicio para interpretarme las melodías del mundo mientras yo navego sus mares.